12 de Septiembre de 1847

Querida Isabel:

Las dudas terminaron. Hoy en la mañana, mientras trabajábamos en las defensas del puente, se nos ha avisado que el ejército de Scott avanza sobre nosotros. No quedará tiempo de terminar estas fortificaciones. El general Santa Anna nos visitó por la mañana, verificando el trabajo en las defensas. Ha prometido refuerzos, pero después nos llegaron rumores de que marcha con todo el resto del ejército a Querétaro. Si eso es cierto, estamos solos y abandonados a nuestra suerte.

Pero eso no es todo. Hoy en la mañana, mientras verificábamos que los cañones tuvieran doble dotación, empezaron las hostilidades. Un joven cadete de Puebla, Vicente, con el que he trabado gran amistad, se percató de movimiento en el bosque. Creímos que eran las mulas que traían madera para las defensas, pero sin duda eran caballos. Con los catalejos, pudimos ver de qué se trataba. Eran exploradores, que los americanos llaman rangers. Estaban verificando el terreno, sin contar con que nosotros estaríamos trabajando en el bosque.

Lo que pasó después fue demasiado rápido. Uno de los jinetes nos vio y ordenó cargar sobre nosotros. Seguramente no habían visto el resto de mis compañeros cadetes, por lo que avanzaron confiados. Los demás empezaron a disparar sobre ellos, y contestaron el fuego. Cuando estaban a unos diez metros, me di cuenta que mi pistola estaba atascada. Tomé una bayoneta que estaba cerca y la planté en el suelo, para detener al jinete más cercano. Tuve éxito al detener al caballo, pero el jinete estaba ileso. Sacó una espada del cinto y se dispuso a matarme.

Por fortuna, aunque era muy alto, también era torpe. Resbaló en el lodo por culpa de sus botas de montar y me dio la oportunidad de contraatacar. Y, me duele decirlo, le clavé la bayoneta en el cuello. Nos prepararon para esto, Isabel, pero matar a un hombre no deja de ser perturbador. Una vez el general Bravo nos dijo que, al matar a un hombre, no solo se le despoja de lo que es, sino de todo lo que será.

Era rubio, colorado por el sol y venía con el uniforme de los oficiales. Ellos usan insignias como las nuestras, solamente que las de ellos son dos rifles entrelazados con el águila norteamericana encima. Su uniforme era más azul que los del resto y de alguna manera, sentí pena por él. ¿Quién era, cómo se llamaba? ¿Había venido a invadir mi país por convicción o por órdenes? ¿Tenía alguien que lo esperara en casa? No debo pensar así, y menos del enemigo, pero este hombre solamente tenía unos años más que yo. Mi deber es acabar con tantos como pueda. Creo que siempre he sido más estudiante que soldado, pero ahora se me necesita. Debo dejar de pensar así.

Acabamos con todos ellos, pero solamente son la avanzada. Ésa fue la señal para volver al castillo. El coronel Xicotencatl se ha quedado a defender el puente. Nuestras fuerzas ascienden a 832 hombres. Repartidos entre el puente y las defensas, hasta llegar al castillo, han sido formados por el General Monterde de la manera más cuidadosa posible. El general Bravo ha impresionado a todos porque, a pesar de su edad, ha trabajado todo el día en la preparación de las defensas. Por algo él fue un padre de la independencia. Le debemos todo nuestro respeto y no hay un hombre aquí que no daría su vida por él.
Tenemos aproximadamente unas diez piezas de artillería regadas por los muros, con dotación doble, además de dos obuses de a 8 bien equipados. Los hombres están intranquilos, pues han escuchado que las baterías del enemigo parecen no agotarse mucho, y que llegan de 100 a 200 metros más lejos que las nuestras. Además, el hecho de que traigan revólver no facilita las cosas. Ya no importa. Lo que va a pasar es inevitable y yo no puedo irme de aquí.

Por eso te escribo esto. No sé como decírtelo, pero el general Monterde nos ordenó abandonar el castillo. Nos hizo pensar en lo jóvenes que éramos y la utilidad que podríamos tener en el futuro si sobrevivíamos. Al final, nos dijo que era una orden. Sin embargo, no haré tal cosa. No pienso abandonar estos muros que son mi Colegio, en el que he aprendido tanto. Y no pienso perder la oportunidad de ver a los yanquis a la cara y decirles que no tomarán mi país sin pagar un precio. Perdóname por hablar así. Sé que siempre te molestó. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Ese día, en Misa, supe que estábamos destinados a ser algo más. Y de hecho, la primera conversación que tuvimos fue sobre la guerra. Dijiste que los militares éramos brutos con una bacinica en lugar de cabeza. Yo te dije “señorita, lo que acaba de decir insulta mi uniforme”. Nunca olvidaré cuando contestaste “Me llamo Isabel”. La historia que siguió fue maravillosa. Lo que compartimos, bueno y malo, la oposición de tu familia a lo nuestro, las dificultades para vernos, la incertidumbre. Pero todo tuvo su recompensa. ¿Recuerdas los paseos en la Alameda? ¿Y cuando fuimos a platicar a las montañas? ¿O cuando tuviste la brillante idea de venir a verme al Castillo, por lo que me castigaron dos semanas? ¿O esa lluviosa noche de julio cuando me dijiste que me esperarías siempre? Todo eso lo guardo en el corazón Isabel, y seguramente me dará fuerzas mañana. No sé que más decirte. Nunca fui bueno para decir adiós. Y ahora, me siento menos capaz de despedirme.

Perdóname. Sé que esperabas mucho de mí. Tendré que fallarte. El bombardeo ya comenzó, y dicen que las fuerzas de Scott traen más de 7000 hombres. No puedo irme. Hoy en la noche, los cañones del enemigo alcanzaron la última terraza, que estábamos usando como hospital. Ahora está sembrada de muertos. Han afinado la puntería y ahora tratan de debilitar el muro norte. ¿Por qué te estoy diciendo todo esto?

Quiero que me hagas un favor…. No me esperes. Yo hubiera querido que nos casáramos lo más pronto posible. Hubiera querido vivir en la Hacienda, y construir el jardín de azucenas que siempre quisiste. Pero nacimos en el siglo equivocado, Isabel. A veces, debemos sacrificar todo lo que tenemos, incluso nuestros sueños. Quizá en el futuro nos digan locos por habernos quedado aquí a enfrentar a un enemigo que nos supera 10 a 1. Pero las razones solamente las conocemos nosotros. Somos hijos de México. Sé que México es una idea, pero quizá un día nuestro sacrificio no sea en vano, y este país se levante de su estado de postración. Después de todo, no es cómo vives lo que inspira a la gente a ser mejor…es cómo mueres.

No te sientas mal. Esto no es culpa de nadie. Cásate con otro, reconstruye tu vida. Recuerda que siempre te amaré, siempre. Ya lo dije. ¿Recuerdas cómo odiabas cuando me decías “te amo” y yo no contestaba? Era porque no quería decirlo sin una buena razón. Y ahora lo digo: te amo. Pero es injusto que vivas aferrada a mi recuerdo. Es tiempo de guerra. Muchas mujeres deberán aprender a sobreponerse. Perderán hijos, padres, esposos. Pero ellos morirán por una razón mayor, pues perderán su vida defendiendo a las familias de otros. Me quedo por honor, porque no podría vivir en la deshonra si huyera de aquí. Quizá un día, se nos recuerde como hombres valientes que quisieron combatir un poco más. Quizá recuerden cómo un puñado de hombre trató de detener a una armada completa. O quizá el mundo se acabe y nadie nos recuerde. Pero esto es algo que no puedo evadir. Me lo dice el deber, pero también el corazón. Ya puedo escuchar a la infantería. No queda mucho tiempo. Me uno a mis compañeros sabiendo que no sobreviviré. Perdóname de nuevo. Nunca quise lastimarte, pero esta vez la Patria exige nuestra sangre y nuestro esfuerzo. Quizá podamos vernos en la eternidad. No sé si Dios esté de nuestra parte. Pero si lo está, estoy seguro de que te protegerá siempre y te concederá un futuro feliz. Yo no pude dártelo. Vive feliz, sin temor a lo que vendrá. Sé que eres lo suficientemente fuerte para hacerlo.

Con amor, Juan de la Barrera

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