Pedir perdón

No le voy a pedir perdón. No voy a salir, pero no le voy a pedir perdón. Afuera es un día bonito; el cielo brilla y el cielo es azul. Estoy encerrado.
Solamente me alegraría dibujar en el pizarrón, pero no hay gis. Dibujar en el cuaderno es aburrido. Soplo en la barra bajo el pizarrón y estalla una galaxia diminuta y blanca.
¿Qué pierdo si le pido perdón? El golpe de todas maneras no sanara; ni el golpe, ni el dolor, ni el odio.
Si pidiera perdón saldría a jugar con mis amigos. No, mejor no, mejor así. Observo la marca de mi mano en la ventana.
Si me disculpo, puedo ser aun un niño bueno. La maestra quizá hasta me dé una sonrisa, una estrella no.
Con solo decirle a Laura que me arrepiento basta. Podría estar al otro lado, bajo el sol. Aún hay tiempo, solo han pasado unos minutos desde que el recreo empezó. Pero no me disculpare. Aunque de hacerlo pasaría el resto de la clase tranquilo, sin reproches ni miradas de “que niño tan feo”.
En este lugar solo puedes dar de vueltas o pegarte a la ventana.
Oscurece un poco, los árboles se despeinan, todos juegan, Mariana se cayó, como siempre, chilla.
Laura también lloro, pero no debió insultarme.
Sí saliera a jugar hoy, seguro metería aquel gol, la cola en la tienda es muy larga, mejor traer algo de casa mañana.
El recreo continua, y no sé qué hacer. De tanto estar sentado se me ha llenado la pierna de esa sensación de hormiguitas. Esto es muy aburrido.
Se oscurece el recreo, el cielo tirita y más viento. Comienza la lluvia, todos corren. Todos regresan.
Aun no es hora de regresar, pero termino el recreo. ¿Para qué pedir perdón?

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