Por que este problema es social y no exclusividad de la mujer, se ha de levantar la voz en defensa de las mujeres, por que solo así defenderemos a nuestros hijos.

Las mujeres que se autodenuncian en masa por haber abortado, como está sucediendo en nuestros días, es una de las formas de lucha que está experimentando la rebelión femenina a nivel mundial para rasgar los velos con que se han cubierto siempre esta historia del aborto. En cuanto a ellas, sienten la necesidad de aclarar hasta el fondo los términos de nuestra participación (como clase) en la lucha por el aborto, sentimos también la necesidad de aclarar los términos de esta historia del aborto tal y como ha sido impuesta hasta hoy. Comenzamos en primer lugar por denunciar que el mismo sistema que nos ha PROHIBIDO abortar, nos ha OBLIGADO a abortar y continúa obligándonos a abortar en todos los casos en que las condiciones de vida y de trabajo incluidas truncan la posibilidad de un embarazo incluso deseado, ya consistan estas condiciones en la falta de un salario adecuado o en la pobreza del salario del marido, la angustia y la insalubridad de la casa o la nocividad de la fábrica. Merece la pena comenzar a recoger las firmas de todas las mujeres a quienes las condiciones de trabajo han arrancado al hijo del seno. Hagamos, pues, inmediatamente también esta denuncia masiva contra los patrones que nos han obligado a abortar. Y después, reconstruyamos un poco la historia.

A partir del momento en que, como hemos precisado, se ha aislado a la mujer en la casa, alejando del hogar durante toda la jornada a los otros miembros de la familia, se ha comenzado a contarle a la mujer que a través de la “maternidad” lograba el cumplimiento de “su destino fisiológico”. Esta era “su vocación natural” —se le decía— porque su organismo estaba “orientado” a la perpetuación de la especie. Pero, ateniéndonos a todos los resultados, la función reproductiva nunca ha estado encomendada sólo al azar y a la naturaleza y, por lo tanto, hablar de la “Naturaleza” del destino apesta ya, en primer lugar, como definición y, en segundo lugar, apesta todavía más cuando se constata que todo este destino tan natural se descarga sic et simpliciter en las espaldas de la mujer sola. Aun cuando hayan crecido por la fuerza de las cosas, mucho en belleza, más en virtud y poco en sabiduría, nos consta que para hacer un hijo es necesario también un hombre. Una mirada rápida a cómo han ido históricamente y van las cosas que tan naturalmente deberían explicarse, nos ha permitido advertir: Cuanto con más empeño se ha visto a la mujer como madre, tanto más se le ha negado como persona, como individuo. O sea, se ha conseguido adjudicar la maternidad a la mujer (entendida como cuestión relativa no sólo a la concepción sino a la responsabilidad misma de la educación de los hijos) en la medida en que se ha logrado _castrarla sexualmente_ y excluirla de la vida social. Construida y agotada así su personalidad y sexualidad como maternidad, la han obligado a hacer funcionar esta misma maternidad conforme a las exigencias del mercado de la fuerza de trabajo y del control político, exaltando o aniquilando con la misma desenvoltura su función de madre. Para citar sólo algunos ejemplos, la práctica de la esterilización en masa de las mujeres en Puerto Rico aumenta en 1930 cuando los médicos la impulsan como único medio contraconceptivo; en 1947-48 fueron esterilizadas el 7 % de las mujeres. Esto sucedió en un país extremadamente pobre al que el capital norteamericano había destinado a ser una colonia, fuentes de altos beneficios y al mismo tiempo ejemplo de la magnanimidad norteamericana. Estas mismas portorriqueñas fungirían después como conejillos de indias para experimentar la píldora contraconceptiva, antes de lanzarla al mercado estadounidense. En los Estados Unidos han sido esterilizadas continuamente, sin ellas saberlo, las mujeres negras cuando acudían a los hospitales para abortar o por alguna necesidad ginecológica. Consecuencia: prefirieron abortar y dar a luz sin asistencia médica. No es un misterio para nadie cómo cosas de este género se han programado desenvueltamente para los problemas del crecimiento demográfico también en Asia, en América Latina y en el Tercer Mundo en general. Y esta no es más que la forma más evidente de una generalidad política (no siempre tan fácil de reconocer), sobre el control de la función reproductiva de las mujeres y, a través de esto, del mercado de la fuerza de trabajo. La utilización del término “superpoblado” abarca no sólo el genocidio a través del hacer morir de hambre, sino el cálculo de la población solo en relación al grado de inversión del capital y la consiguiente necesidad de fuerza de trabajo. El retraso con que aparece la investigación anticonceptiva en la escena científica, después de que ya se habían descubierto y perfeccionado métodos anticonceptivos que la Iglesia oportunamente contribuiría a zanjar, nos remite al paralelo con la cocina norteamericana; se nos quiere brindar como el último descubrimiento tecnológico lo que no es digno siquiera de los albores del desarrollo tecnológico. Este retraso ha sido solamente el enésimo engaño de la ciencia y del poder que ejerce sobre nuestra piel. Si hoy todavía hay necesidad de recurrir al aborto, esto nos lleva a acusar una vez más la monstruosa deficiencia y el retraso no casual de esta investigación. La orientación de la investigación anticonceptiva, que. siempre ha utilizado y utiliza a las mujeres como primeros conejillos de indias del experimento, y cuyos resultados continúan siendo destinados sólo a las mujeres, confirma, por un lado, la discriminación por la que allí donde entra en juego una cuestión de sexo el “problema” sea “femenino” y por la que la concepción sea un “asunto de mujeres”; por otro lado, esta orientación ha sido una vez más un instrumento de control de la sexualidad femenina porque, al determinar los métodos del control de la natalidad, se determinan en consecuencia los términos de la relación entre hombres y mujeres, y entre las mujeres y la sociedad en conjunto. Si en algún momento han tenido necesidad de un gran número de mujeres como fuerza de trabajo han estado prontos rápidamente a darnos una variedad de eficaces (si bien bárbaros) métodos de control de natalidad. Por este motivo, el aborto, aun constituyendo la única alternativa posible a la deficiencia de una investigación anticonceptiva, está PROHIBIDO a nivel casi mundial. En algunos países se concede como “terapéutico” (o sea, se reduce a tener médicos psicólogos y sociólogos que te declaran delicada de salud, un poco débil mental y en condiciones económicas desastrosas). Es decir, _ nunca en ningún lugar se reconoce a la mujer el derecho de decidir si quiere y cuándo ser madre_ y, por lo tanto, vistas las condiciones expuestas más arriba, a decidir abortar en base a su voluntad. LA PROHIBICIÓN DEL ABORTO ES UN FENÓMENO TAN DIFUNDIDO QUE REQUIERE CONSIDERAR EL ABORTO COMO UNO DE LOS RIESGOS IMPLÍCITOS A LA CONDICIÓN FEMENINA. Quiero añadir que el riesgo al que aludimos no consiste en el “grave riesgo” al que alude el código penal: porque en realidad, como ya se han rendido a admitir ahora hasta los médicos más reaccionarios, el aborto llevado a cabo en una clínica con la asistencia médica debida y con anestesia es mucho menos arriesgado que un parto. El riesgo reside en las condiciones en que se está obligado a abortar al tener que hacerlo ilegalmente. En cuanto al “problema moral” no valdría siquiera la pena detenerse en la amenidad mostrada por la Iglesia Católica para mantener esta prohibición del aborto y que va desde las disquisiciones sobre cuándo el feto empieza a tener un alma y sobre (cuestión todavía más antigua) si los fetos femeninos tienen un alma. Por lo tanto, puede deducirse que en el caso de que se hubiese podido ver en el útero si el que iba a nacer era macho o hembra (así llamado en esos tiempos), la Iglesia hubiese autorizado los abortos de fetos femeninos. El disgustó que experimentamos al recorrer esta literatura eclesiástica, hace que demos por terminada aquí inmediatamente la cuestión del problema moral. Para quien quisiese profundizarla, en próximos días publicare otro artículo. Denunciamos, en vez de esto, que incluso la concesión del aborto terapéutico como concesión graciosa dentro de la prohibición general absoluta, ha funcionado y funciona esencialmente como enésimo instrumento de discriminación de clase: de hecho, sólo las mujeres cuya posición social les da un cierto poder consiguen encontrar rápidamente (léase: “a tiempo”) y hacer uso de las declaraciones médico-sociales necesarias para la concesión del aborto terapéutico. Para las demás, es casi imposible apoderarse de tales declaraciones y se convierten en las primeras víctimas de aquel sadismo social que, comprendido en un aparente liberalismo, quiere mantener, a costa nuestra, el derecho de decidir si y cuándo las mujeres deben ser madres. Y el médico funciona como elemento primordial de este sadismo social. Pero llegado el momento, forjado el hijo a costa nuestra, vemos hasta el fondo el verdadero rostro del sistema. Las que no han conseguido abortar tienen el hijo. Las que no han conseguido abortar, en general, como se dicho, pertenecen a los estratos más proletarios. Sin embargo, una vez nacido el hijo, una vez consumada la intención represiva, el mismo Estado que te ha obligado a la maternidad, se sacude de las espaldas toda responsabilidad: “y tú le haces como puedas para mantenerlo.” Claro que existen programas populares, que te darán a lo sumo $2000 mensuales para el primer año (o menos) y hasta ahí. Y claro está, quien tiene necesidad de $2000 al mes no mantiene a nadie con $2000 al mes. El hijo va a dar al orfelinato. Llegado este momento, el Estado vuelve a aparecer. No para ayudar a la madre, obviamente, ni mucho menos al niño, sino para construir una empresa. Los $2000 destinadas a la madre se transforman inmediatamente en 15 000 destinados a cada uno de los niños de los institutos para la infancia abandonada. Y notemos que estos institutos están regidos casi todos por la Iglesia. Y notemos —los periódicos de estos últimos muestran el fondo del asunto cómo se educa allí a los niños. Desnutrición, violencia, sadismo de todo género. Se educa a los destinados a las órdenes religiosas menores a la subocupación, a la emigración, al reformatorio, y a las cárceles. Denunciamos y luchamos también contra la Iglesia como brazo derecho de esta empresa. Las que con la bendición de Dios y el consenso del sistema (sobre este consenso no viene al caso prolongarse más) dan a luz y logran tener un hijo, las que tienen un trabajo y un hogar, después de haber crecido en una atmósfera fragante de exaltación de la maternidad, ven sellada la conquista contractual, de la “licencia de parto” en forma de “ausencia por enfermedad”. Una maternidad entendida, obligada y exasperada como función reproductiva de la fuerza de trabajo no consigue tampoco acabar su camino bellamente y, entre la mujer que se ausenta del trabajo y la mujer que da a luz, la merma en la ganancia derivada de la ausencia de la primera impide dar una connotación más “productiva” a la licencia misma de maternidad. Se trata todavía de “enfermedad”.

CONCLUSIONES

Como todas las mujeres, encuentran por lo tanto ante la necesidad —urgentísima por lo demás para todas— de organizar la lucha por el aborto, visto que el nivel de la investigación médica no nos permite decir simplemente que luchamos por una difusión libre y gratuita de los sistemas anticonceptivos. Al decir esto no nos contentamos ciertamente con la píldora, ni con las inyecciones, ni con los otros sistemas químicos y mecánicos, etc., con todo el porcentaje de peligro que contienen todavía, de la que son perfectamente conscientes, y que el desarrollo de la ginecología —sumamente bajo y no por casualidad respecto; a las otras ramas de la medicina— ha hecho muy poco por resolver. Se ven visto por esto obligadas como objetivo mínimo inmediato a organizarse también para el aborto, entendiendo que nos organizamos no para la demanda de un tipo específico de aborto “terapéutico” que no haría más que proponer de nuevo y agravar las discriminaciones de clase que ya existen sino por un aborto libre y gratuito (con anestesia) accesible a todas. Al mismo tiempo denunciamos, sin embargo, el hecho de que en realidad hasta ahora la ilegalidad del aborto ha funcionado como el gran pilar de una empresa de carne humana en la medida en que ha sido un método para retardar o desalentar directamente la investigación de los sistemas antifecundativos que no perjudicasen a la salud biopsíquica de las mujeres. Y no sólo esto, sino que la ilegalidad del aborto ha sido la base sobre la cual construir y articular esta empresa directamente en el sentido de una selección sobre la cual concentrar los abortos y concentrar, por lo tanto, la organización de la ilegalidad-legalidad sobre la cual hacer proliferar o bien al médico con las primeras armas o al granuja universitario que tiene que procurarse la clientela para las clínicas privadas. En realidad, porque hemos comprendido todo esto hasta el fondo, nuestra lucha a este respecto es ante todo una lucha contra todas las estructuras sociales y de poder que lo han permitido, que han querido que lo suframos en carne propia. Digamos ahora, en seguida y claramente desde el principio, que cambiamos el signo de esta lucha: El problema no es abortar. El problema es tener la posibilidad de ser madres todas las veces que queramos serlo. Solo las veces que queramos pero todas las veces que queramos. Si en la actualidad las mujeres proletarias del sur tienen quince hijos y las mujeres de clase media consiguen de alguna manera tener solamente dos o tres, nuestro fin último no es este mísero privilegio de no tener hijos. Bien mirado han comenzado igualmente a darles estas píldoras mal hechas, estas inyecciones que no funcionan, y nos darán también algo mejor y también el aborto entre todo esto mejor. El hecho es que si esto quiere decir, y no quiere decir nada más que esto: “Regúlate un poco. Si ganas $3000 ten un hijo, si ganas $4000 puedes tener hasta dos”, nuestra respuesta es inmediatamente que no estamos de acuerdo. Nosotros no estamos de acuerdo ya desde ahora, inmediatamente, porque esta cuenta en la que se da por descontado cuánto ganan o el marido y que en base a ello debería de planificarse a los hijos es una cuenta que se ha de revisar, que se ha de rehacer totalmente. Si cierta literatura que ha comenzado a circular ha invitado a las madres, y en especial a las madres de case media (en vías ay de extinción), a una responsabilidad social en la planificación de la producción de hijos, respondemos inmediatamente que el tipo de responsabilidad social que sentimos no es de ningún modo la de ajustar a nuestro nivel salarial, sino acabar con nuestro nivel salarial, nuestro mecanismo salarial, para poder tener, todos los hijos que queramos y solo las veces que queramos. Justamente en tanto seamos capaces de luchar para enconar y actuar hasta el fondo este derecho de cada una y de todas de poner un hijo sobre la faz de la Tierra todas las veces que queramos, mediremos la única responsabilidad social que sentimos. Es un derecho que frecuentemente debe pasar todavía por la conquista de una habitación para dos, porque si la comunidad en la que los progenitores hacemos el amor en frente de los hijos pudo haber sido un paraíso perdido, ahora, después del pecado original que separó a Adán y Eva y a éstos de sus hijos, la habitación para dos es una conquista mínima tanto en Turín como en aquí. La promiscuidad como hacinamiento es lo opuesto a la comunidad que queremos conquistar. Hacer el amor todas las veces que se quiera, tener hijos todas las veces que se quiera en un ambiente cómodo, cálido y bello. Lo cual quiere decir no pagar esta maternidad ni al precio del salario ni al precio de la exclusión. Sólo midiendo cuánto gozamos de este derecho mediremos de cuánta riqueza social gozamos.

Escrito en abril de 2007

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