Perseo sin escudo.

“El amor es una amistad
con momentos eróticos”.
Antonio Gala

Morder, masticar, tragar. A ver, una vez más, morder, masticar, tragar. A ver, a ver, más raudo. Morder, masticar, tragar. Concéntrate, concéntrate, ¡carajo concéntrate!: muerde, mastica, traga. -Perseo éste es tu escudo-, me digo, -este es tu escudo, una hamburguesa, si le ves estás condenado-. Veamos, morder-masticar-tragar…ya valiste mi buen, se te terminó el escudo, el refresco no durará mucho, y las papas te las acabaste sin darte cuenta.

—¿Disfrutas de la comida? Me dice y mira con sus hermosos ojos redondos, al ver mi plato vacío.

—Creo que…sí. Conteste algo aturdido, -ni yo me la creo, comí muy rápido-.

Ya valiste Perseo, ya valiste. Acabas de ver sus ojos, dentro de ellos viste su alma, limpia, clara. Tus labios se preguntan si habrá algún resquicio entre la piel y lo etéreo que te permita besarla. Ve despacio, ya no tienes escudo, debes cuidarte, despacio. Acomódate, ubica bien tu trasero en el asiento, ahora coloca las piernas de modo que no pueda escapar; bien, esta es tu última oportunidad o encuentras algo que te evite verla o te preparas para lanzarte a la batalla.
Acuérdate, compraste un libro, ibas a leer a Borges con ella, te pude servir bien de escudo. Busca en la bolsa, eso, con calma, mira el titulo, calma, calma, ¡carajo, calma!, calma, bien ábrelo, tranquilo, ¡shuuu jodido perro, shuuu!, céntrate, enfoca, mira el titulo, míralo bien, tranquilo, léelo con parsimonia, bien, ahora dale una ojeada al libro.

— Tienes que leer el inmortal, asombroso el cuento. Le digo, trato de no verla.

— ¿A sí? A ver. Su dulce voz entra en mis oídos, me estremeció, con la delicadeza del postrero rayo de sol entre las oscuras nubes del éter en agonía.

Ya fuiste, héroe de pacotilla, ya fuiste; te agarró desarmado. Alrededor no hay nadie para ayudarte, junto la entrada dos amantes distanciados ya se van, la mesera no da indicios de su presencia. En posición, calcula la distancia, un poco a la izquierda, nonono, a la derecha, derecha, otro poco, ya, hay estás bien, listo ¡llégale, pero ya, llégale!:
Entonces vino Perseo, hijo del dios Júpiter. Perseo sabía bien lo peligrosos eran los ojos de Medusa, pero venía muy bien preparado. Tenía un libro buenísimo para distraer las calenturas, -regalo de Borges-. Tenía un escudo muy fuerte que no reflejaba nada, hecho a saber de pan bollo, carne molida, jitomate, queso y lechuga aperitivo y apartar su atención de ella. Y tenía también unas unos cigarros que le daban alas; pero que no fumaba para no molestarla.
Llegó, pues, atragantado. Pero en vez de lanzarse contra Medusa, se quedó algo lejos, sin preocuparse más que de una cosa: no mirarla nunca cara a cara, no verla a los ojos por ningún motivo. Y como era necesario espiarla todo el tiempo, usó el escudo, las pausas entre mordida y mordida para espiar con el rabillo del ojo lo que ella hacia.
Medusa, por su parte bebía café y comía pastel, esforzándose en no incitar a Perseo. Platicaba asuntos deleitantes sobre arte, literatura, cine, sobre sus gustos y todas las innumerables cosas que ella bien sabe hacer, y los cabellos negros de su cabeza se movían y silbaban con furia. Pero nunca consiguió que Perseo no la viera directamente. Cansada al fin, Medusa se fue quedando callada. Sus ojos terriblemente hermosos se cerraron, y poco a poco se durmieron sus cabellos. Entonces se acercó Perseo sin ruido, extendió sus brazos y de un solo abrazo le inmovilizó, le arrebató un beso prolongado y por un momento le hizo perder la cabeza. Instantes de luz y silencio. Se miran fijamente. Suena el teléfono, ella responde.
— Sí, sí. En veinte minutos. Estoy con un amigo. Pausa prolongada; me mira. Era (insertar un nombre) regrese con él, apenas ayer.

Me sonrió y tuve el presentimiento que había algo no alcanzaba a entender muy bien.
Perseo nunca encontró el intersticio entre la piel y lo etéreo para besarle el alma a Medusa.

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