Llevaba varios meses vigilando la bodega donde habían matado al velador. “el asesino siempre regresa al escenario de su crimen”, se repetía. En su larga carrera, esta máxima nunca le había fallado. Era paciente. Solía esperar sereno.

…y una noche lo vio llegar al lugar del delito. Sonrió. Con la pistola en una mano y las esposas en la otra, exclamó triunfante:

– Sabía que volverías.

– Si. Yo también lo sabía.

Respondió con tristeza el hombre.

– No podías dormir tranquilo, ¿Verdad?

Inquirió socarronamente el detective.

– No. No podía hacerlo.

– ¿Por que lo mataste?

-Yo no soy el asesino.

Entonces… ¿Quién eres?

Preguntó con sequedad el detective.

– El muerto…

Dijo el hombre.

Y se esfumó.

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