Benedetti – La noche de los Feos. Una aproximación.

La muerte y otras sorpresas es un libro que reúnen 19 cuentos breves, en los que Benedetti, hace un retrato de la clase media (su especialidad), pero de una forma diferente, misteriosa, utilizando en muchas ocasiones recursos mágicos.

Hablaremos un poco de La noche de los feos.

Pero primero algo acerca de sus cuentos:

Estos cuentos sacan de la medianía a sus personajes de la clase media gracias al descubrimiento de lo que se ocultaba tras sus vidas cansadas o rutinarias. Otro punto que tenemos que tener en cuenta en los cuentos de La muerte y otras sorpresas es aquella suerte de perspectivismo consistente en el juego entre varios planos:

-Plano «A»: en el que se presenta una situación aparente que tiende a la normalidad y que no es sino pura ficción.

-Plano «B»: en el que se presenta una situación real que se niega pertinazmente por su aire negativo.

A veces, no siempre desde luego, hay un tercer plano que sólo cuaja si se deja de negar el plano segundo, es decir, si se asume la realidad:

-Plano «C»: que supone la elevación de la realidad y por ende su superación.

El juego entre los tres planos apenas se da en algunos cuentos; el juego entre los dos planos, no en todos, pero sí en la práctica totalidad.

Ya advertidos veamos uno de los cuentos más celebrados de Benedetti, La noche de los feos, que cuenta la bellísima historia de dos seres deformes que deciden variar el rumbo de sus vidas conociéndose. En un principio la fealdad de ambos no está negada, por lo tanto podría parecer que el esquema de los dos-tres planos se nos rompe. Sin embargo no es así. Recuérdese que cuando él le propone a ella que se vayan juntos lo hace de la siguiente forma:

“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total (…) Donde usted no me vea, donde yo no la vea…”.

¿No es acaso esto sino el intento por negar lo real y por aparentar normalidad en una total fusión de ambos planos primeros? Sin embargo el cuento se desboca hacia el tercer plano de manera magistral: por medio del minucioso reconocimiento táctil de los defectos que culmina con el descorrer de cortinas para que pase la luz. Realidad aceptada, realidad superada.
En realidad, este tipo de “figura grotesca” es menos común en los cuentos de Benedetti que ese integrante de la pequeña burguesía que ya había analizado anteriormente, basta recordar el libro de poemas hoyporhoy.

Ya que sabemos como se maneja en cuento, sigamos conociendo:

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Así empieza describiéndose el narrador, haciendo hincapié desde la primera línea en esa monstruosidad que los caracteriza y los hace completamente in-habituales. Después él mismo nos narra cómo se conocieron y decidieron darse la oportunidad de enamorarse.

Y aquí nos encontramos con un sentimiento amoroso muy diferente del de los “personajes de lo mediocre”. Como apuntamos al principio, el vínculo de aquellas parejas se basaba en la convención y la rutina. Faltaban tanto la comunicación de un diálogo sincero como el contacto físico. Por el contrario, los protagonistas de este cuento, desde su primer encuentro sienten la necesidad de abrirse el uno al otro, de conversar:

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía.

Ellos no se enmascaran. Su fealdad son ellos mismos, y negarla supondría estar engañándose. Por eso, aunque al principio se camuflan en la oscuridad para poder acariciarse sin ver sus respectivos rostros, después entienden la necesidad de admitir esa deformidad física, que les proporciona su especificidad:

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad, mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Y se destaca el valor del contacto físico, como medio de comunicación más expresivo e intenso que la palabra. En definitiva, por estar marginados socialmente, no ser comprendidos ni aceptados, pero haber defendido su autenticidad, estos personajes “grotescos” pueden sentirse a la vez, como dice el protagonista de La noche de los feos, “desgraciados, felices”.

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