Lo que jamás entenderé de los cumpleaños, y lo que nadie nunca te advierte, es que cuando cumples, doce, por ejemplo también tienes once; y diez, y nueve, y ocho, y siete, y cinco, también cuatro, tres, dos y uno. Y cuando despiertas el día que cumples doce, esperas sentirte diferente, de esa edad, pero no te sientes así. Abre uno los ojos y todo está exactamente igual que ayer, sólo que es hoy es hoy, y no ayer. Y uno no se siente como si tuviese un año más. Todavía se siente uno como el día anterior. Y en realidad tienes más años, por debajo de los años que te tenías hasta ayer.

Cargamos con estos años, tanto que un día algunos decimos una estupidez y esa es la parte de nosotros que todavía tiene diez u once; otros días puede que necesitemos sentarnos en las piernas de mamá porque tenemos miedo y ésa es nuestra parte que tiene cinco. Y tal vez, un día, cuando ya seamos grandes necesitemos llorar como si tuviéramos tres años y está bien; eso es lo que le dije a mamá aquella tarde: «necesitas llorar», como si tuviera tres.

Porque crecer se parece un poco a una cebolla, o los anillos dentro del tronco de un árbol, o como las muñequitas de madera en el tocador de mamá, esas que se pueden meter una dentro de la otra, así cada año dentro del siguiente. Así es tener doce años y así es tener treinta y tres.

Yo ahora no me siento de once, ni de cuarenta. No luego, luego. Tardare unos días, o semanas, a veces hasta meses antes de que puedas contestar ‘treinta y tres ’ cuando alguien me pregunta la edad. Y no te sientes como de veinticinco, hasta que ya casi tienes veintiséis. Así es.

Sólo que hoy quisiera no tener sólo treinta años. Hoy quisiera tener ciento dos en lugar de doce, en lugar de veinte en lugar de treinta, porque si tuviera ciento dos años habría sabido qué decir cuando ella se fue, quizá con ciento dos años no me importara su partida.

Y recuerdo cuando me obligaron a ponerme aquel suéter rojo, cuando tenía siete. Y no podía llorar, no podía parar los ruiditos de animal acorralado, porque sentía rabia, y dolor y frustración, por que la gente grande me había obligado a ponerme aquel suéter que me quedaba grande, que no era mío, que era ridículo, y me obligaron a ponérmelo porque la maestra era gente grande, es decir ella tenía la razón y yo no. Y los ruiditos de animal salían de mí, hasta que las lágrimas salen y mis ojos y mi cuerpo está temblando como cuando te da hipo, y me duele toda la cabeza como cuando comes helado muy deprisa.

Y pienso, hoy cumplo doce años, y ocho y veinte y treinta y tres años. Y estarán haciendo una fiesta sorpresa de la que no me podre zafar. Van a haber pastel y velitas y regalos y todo el mundo va a cantar: Feliz Cumpleaños a ti; sólo que ya para qué. Y pienso que es una broma cruel.

Hoy cumplo ocho años y veinticinco. Hoy tengo treinta y tres. Tengo doce, once diez, …, cuatro, tres, dos y uno, pero quisiera tener ciento dos. Me gustaría tener cualquier edad menos la de hoy, porque ella está ya muy, muy lejos, tan lejos como un globo travieso que se escapa, como una “O” pequeñita en el cielo, tan tan pequeñita que tengo que cerrar los ojos para poder verla.

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