Luchamos por entender a los demás

Luchamos. Luchamos contra nuestra supuesta superioridad, contra nuestra trivialidad, vamos luchando contra sus supuestas superioridades y sus trivialidades, vamos luchando procurando no tener expectativas que sean irreales sobre las personas, al relacionarnos con los demás sin aquella sobrecarga de parcialidad, de esperanza o hasta arrogancia, vamos por ahí tratando de parecernos lo menos posible a un carro de combate, sin cañón o ametralladoras, ni un blindaje de acero con un grosor 7 pulgadas. No, no nos acercamos a ellos en actitud amenazante, sino que nos acercamos con los dos pies, nos enfrentamos a ellos sin prejuicios, como iguales, de hombre a hombre, como se suele decir, y sin embargo siempre los malentiendo. Es como si tuviéramos, ellos y yo, el cerebro dentro de una caja fuerte, en un blindaje. Los malentiendo cuando los espero para reunirme con ellos, mientras esperamos el momento del encuentro; los malentiendo cuando estamos frente a frente, y luego, cuando vuelvo a casa y tras contarle a alguien el encuentro que acabo de tener, vuelvo a malentenderlos. Pero lo grave es que, en general, lo mismo les sucede a ellos con respecto a mí; les sucede para todos con respecto a todos, y todo acaba en resultar una macabra ilusión carente de toda percepción, es todo una asombrosa farsa de incomprensión. No obstante, ¿qué otra cosa podríamos hacer acerca de este asunto importantísimo del –para- él prójimo? Así este nos va mostrando su ser y se vacía de aquel significado (el que creemos que tiene) para adopta otro significado, uno ridículo, que también somos nosotros los encargados de ponérselo. ¿Es que acaso tan mal provistos estamos para imaginar el funcionamiento interno y los propósitos invisibles de otra persona? ¿Acaso debemos retirarnos de todo el mundo, cerrar la puerta y mantenernos apartados, como lo hacen aquellos escritores solitarios, en una celda hermética, creando personajes, realidades, significados y propósitos con palabras, y proponiendo a aquellos seres hechos de palabras algo más cercano al ser humano auténtico que a las personas reales a las que mutilamos a diario con nuestra ignorancia? En cualquier caso, creemos que se no se trata de ir por la vida entendiendo bien al prójimo, sino vivir consiste en malentender, malentenderlo todo, una vez y otra y muchas más veces, y será entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo todo de nuevo, y una vez más si hiciera falta. Así es como se sabe que estamos vivos, porque nos equivocamos. Quizá lo mejor sería prescindir del juicio que sí acertamos o nos equivocamos con respecto a las demás personas, y “simplemente” limitarnos a relacionarnos con ellos de acuerdo a nuestros intereses. Pero si usted que me amablemente nos lee, puede hacer eso… en fin, no nos queda más que decirle que es usted afortunado.

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